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La nueva era de políticos influencers no puede sustituir al trabajo informativo. Sus publicaciones generan aplausos de unos y reproches de otros, pero no despejan dudas, y hacen falta respuestas a las preguntas

Después de una alerta naranja que dejó sin asistencia a los colegios a miles de alumnos en la provincia de Alicante —muchos viendo el sol desde la ventana de casa, otros desde la de sus abuelos y, con suerte, algunos desde la oficina de sus padres—, como si de un día de fiesta se tratase.

Después de una alerta roja en la que hasta el propio alcalde, Luis Barcala, se convirtió en informador improvisado desde sus redes sociales, en lugar de avisar a los medios de comunicación locales —quizá para evitar alguna pregunta incómoda de los periodistas que aún tenemos la costumbre de ejercer el oficio—. Y después de todo eso, cuando la jornada acabó siendo poco más que una tormenta pasajera, cabe preguntarse: ¿Qué estamos haciendo con las alertas?

Hubo quien hizo caso y canceló su cita en el gimnasio, no salió a comprar, suspendió su paseo matinal y desayunó en casa en vez de en la churrería de siempre. Otros, sin embargo, ignoraron las advertencias y convirtieron la jornada en un tour turístico para hacerse fotos frente al tramo desaparecido de la playa de la Albufereta o a caminar por ramblas para observar las huellas de la bajada de agua, saltando las cintas restrictivas de los bomberos: porque no se enteraron, porque no las creyeron o, sencillamente, porque ya no les resultan creíbles. Y es ahí donde resuena el eco de la fábula: que viene el lobo…

La fiabilidad del sistema de alertas meteorológicas empieza a erosionarse. Y ese es un riesgo serio. Porque cuando llegue una situación realmente peligrosa —cuando de verdad venga el lobo—, puede que muchos ya no reaccionen. No por imprudencia, sino por desconfianza acumulada.

Es evidente que la meteorología no es una ciencia exacta. Las nubes cambian, el viento gira, y la tecnología —por muy avanzada que sea— no puede preverlo todo. Pero en la era de los radares, los satélites y la inteligencia artificial, cuesta entender que no se pueda afinar mejor. No se trata solo de mejorar los pronósticos: se trata de gestionar la comunicación pública con rigor, responsabilidad y transparencia. Ahora lo que todo el mundo dice es: «Claro, después de la Dana de Valencia nadie se quiere pillar los dedos». Y precisamente esa creencia hace que pierda rigor el mensaje oficial.

Cerrar colegios, paralizar la actividad y alterar la vida cotidiana de miles de familias no puede convertirse en un automatismo. Cada decisión tiene un coste social, educativo y económico. Y cuando ese coste se repite sin motivo aparente, la ciudadanía empieza a desconectarse del sistema que pretende protegerla.

Alguien tendrá que repensar cómo, cuándo y por qué se activan las alertas. Alguien tendrá que asumir la responsabilidad de actualizar la información con más frecuencia y de contar con los periodistas para trasladarla con contexto, preguntas y respuestas. No basta con un vídeo en redes sociales con gesto serio y tono alarmista, señor alcalde. Si realmente hay un riesgo meteorológico, conviene informar con precisión y responder a las preguntas de los periodistas: qué, dónde, cuándo, cuánto y por qué. Conviene contestar a las cuestiones planteadas antes, durante y después de la alerta -a no ser que tenga algo que ocultar y tenga miedo a alguna pregunta en particular-. Solo así la ciudadanía podrá confiar y actuar en consecuencia. ¿Además de hacer de corresponsal informativo improvisado, han hecho los deberes en la planificación de las alertas?

La nueva era de políticos influencers no puede sustituir al trabajo informativo. Sus publicaciones generan aplausos de unos y reproches de otros -que recriminan permanentemente la suciedad en las calles, se hable de lo que se hable-, pero no despejan dudas. Y mientras tanto, las preguntas —las de verdad— siguen sin respuesta.

Si seguimos jugando a que viene el lobo, llegará el día en que el lobo vendrá de verdad… y nadie saldrá a mirar porque ya no se lo van a creer.

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