Es axiomático e histórico, que las primeras canalizaciones dependieron de los ríos Tigris, Éufrates y Nilo (Mesopotamia y Egipto) hace ya (más-menos) 3000 años, convirtiéndose secarrales desérticos o semidesérticos en feraces huertas necesarias para alimentar a una población creciente en las constituidas nuevas ciudades que prácticamente acabaron con el nomadismo tribal en búsqueda permanente de aliviar la sed y el hambre de los pueblos inestables.
Durante todos estos siglos posteriores, esencialmente en Europa y Asia, después en Estados Unidos, el hombre ha realizado auténticas obras de ingeniería, tanto para cambiar el curso de los ríos como para inventar afluentes artificiales, pero en el sentido inverso: del gran río madre hasta trasvasar (gracias a la ingeniería hídrica) sus caudalosos aguas kilómetros adentro donde hasta entonces sólo existían tierras yermas e improductivas.
Tener el clima, pero carecer con qué alimentar la tierra, es, nunca mejor dicho: clamar en el desierto andando por baldíos
El trasvase más significativo en España, del río Tajo al Segura, lo propusieron los ministros tecnócratas de Franco, y este aceptó porque se estaban multiplicando las exportaciones hortofrutícolas desde el Levante español, al punto que la demanda superaba con creces a la oferta. Por otra parte, un turismo cada vez más expansivo solicitaba un suministro semejante al disfrutado en sus países de origen sobrados del líquido elemento para beber e higienizarse de continuo sin aquellas restricciones a las que los naturales ya estábamos tristemente acostumbrados desde la atroz posguerra y el aislamiento internacional.
Tener el clima, pero carecer con qué alimentar la tierra, es, nunca mejor dicho: clamar en el desierto andando por baldíos. Fue sobrado motivo, esencialmente en el Sureste español, desde Alicante a Almería pasando por Murcia, el que se aplaudiera una de las pocas buenas ocurrencias franquistas (ahora resulta que también los pantanos con sus centrales hidroeléctricas) que en el ámbito de la ingeniería hídrica se le ocurrieron a la dictadura.
Y ahora no entendemos el por qué con la democracia asentada, quieren limitarnos el regante excedente, que de no ser aprovechado previamente a su desembocadura y ampliando fructuosos bancales de regadío, una ingente cantidad de electrolitos va a parar a la mar que, como dijo el poeta jiennense: «es el morir».
Ya se montó el pollo ecologista cuando estos biempensantes de la naturaleza se movilizaron para que no se transfirieran aguas del Ebro entre Aragón y Cataluña, pero esencialmente al Sureste (de nuevo perjudicados porque el Ebro alimentaría al Júcar y este a su vez al Segura). Antes de llegar a su sobrado y hermoso Delta. Cautivo y desarmado José María Aznar por los nacional-independentistas, dio el carpetazo en 2004, a lo que fehacientemente nos hubiera hecho «la huerta y Europa» y ahora no pasamos de reducido vergel hortofrutícola que no logra abastecer plenamente a los mercados europeos.
El municipio de Alicante toma sus aguas prin6cipalmente del trasvase Tajo-Segura regido por la Mancomunidad de los Canales del Taibilla, sometido siempre a las decisiones políticas de turno desde el Gobierno central y sus coaliciones parlamentarias. Colijo que tanto a los gobiernos de la Generalitat catalana como al Eusko Jaurlaritza les importará poco menos que nada el desarrollismo agrícola de un Sureste sobrado de sol, buena temperatura media y falto de agua. Al fin y al cabo es el lado oscuro de la España de las Autonomías: la insolidaridad, muy capaz de que, un manojillo de representantes tome decisiones que nos afectan a todo el haz español.
No es de extrañar, en consecuencia, que el alicantino empiece a mirar con cierto recelo a vascos (Benidorm y aledaños su segunda patria), y a catalanes (presumidos padres idiomáticos), cuando nos tacañean lo más elemental. De hecho, varios representantes políticos de diversas instituciones ya han mandado cartas y sostenido conversaciones con los diputados socialistas del Congreso advirtiéndoles que no los busquen en un electoral mañana, si hoy se avienen a las exigencias del presidente manchego García-Page (émulo de su antecesor Bono). Sobradamente sabido es que 1 ha de regadío en Castilla-La Mancha no puede dar el mismo rendimiento que, pongamos por caso, la Vega Baja, incluso la comarca Alacantí, o el campo granadino-almeriense, por no hablar de las vegas murcianas del Segura, pero ante los electores regionales y locales rinde más el creerse y hacerse propietarios de algo tan básico como el agua que es de todos, y no administrable sólo por banderas regionales o locales.
Por el bien de todos los alicantinos, nuestros representantes de uno u otro signo político, tienen que ponerse de acuerdo para defender, y en el mejor caso aumentar, nuestra seguridad hídrica. De lo contrario, no sé si Dios se lo demandará como dice el juramento institucional regente, pero las urnas sí que pueden hacerlo en el próximo concurso electoral, y sólo falta que después del apagón sin respuestas posteriores, abras el grifo y no caiga ni gota.
