Este año la primavera fue generosa en lluvias. Lo celebramos entonces, como es lógico, porque el agua siempre es bienvenida, y más en nuestra tierra. Pero ese regalo del cielo tenía otra cara menos amable: la vegetación ha crecido en exceso, cubriendo montes y laderas de hierbas y matorrales. Luego llegó el verano, con su sol implacable y las temperaturas extremas que nos asfixian estos días. El resultado es un polvorín perfecto, una mecha encendida en nuestros bosques. ¿De verdad las administraciones no previeron lo que iba a pasar?
No hace falta ser Jorge Olcina para anticipar lo que viene después. Vivimos bajo una concatenación de olas de calor sofocante, nos advierte Olcina -catedrático de climatología en la UA y buen amigo-, y ese agua acumulada en primavera se está evaporando a marchas forzadas. Cuando el tiempo cambie —porque cambiará—, regresará en forma de lluvias torrenciales, gota fría o dana. Y ya sabemos en qué fechas: septiembre y octubre, como cada año. El ciclo se repite, aunque el cambio climático esté elevando la agresividad de estos temporales. ¿Y qué se ha hecho hasta ahora para preparar el terreno? Nada, o casi nada. Los cauces siguen llenos de maleza, las ramblas se utilizan como vertederos improvisados, donde crece la maleza y se acumulan las cañas, y las zonas inundables de Alicante permanecen ocupadas por asentamientos ilegales, construcciones de poca consistencia ubicadas en el centro de la diana de los cauces naturales del agua, esperando al próximo desastre.
¿Quién tiene que dar la orden de limpiar cauces, adecuar ramblas, reforzar la seguridad de los barrios más vulnerables y desalojar de personas las zonas inundables de las construcciones ilegales de las partidas rurales de Alicante?
Surge entonces la gran pregunta: ¿de quién es la competencia? ¿Quién tiene que dar la orden de limpiar cauces, adecuar ramblas, reforzar la seguridad de los barrios más vulnerables y desalojar de personas las zonas inundables de las partidas rurales de Alicante? Porque lo que suele ocurrir es que tras la tormenta lleguen los anuncios de “medidas urgentes” y la búsqueda del culpable de turno. Después se señalarán los responsables de cada acción. Siempre después, nunca antes.
Lo verdaderamente dramático es que hablamos de fenómenos previsibles. Nadie puede decir que no lo sabía. No se trata de sorpresas meteorológicas ni de un capricho repentino de la naturaleza, sino de ciclos que conocemos desde hace décadas. Con una mínima planificación y voluntad política, muchos de estos episodios podrían evitarse o, al menos, mitigarse. Sin embargo, año tras año, seguimos improvisando, apagando fuegos —en sentido literal y figurado— cuando ya es demasiado tarde.
Los ciudadanos tenemos derecho a exigir previsión, porque de esa previsión depende la seguridad de nuestras casas, nuestros campos y, en última instancia, nuestras vidas. No pedimos milagros, pedimos gestión. Que dejen de mirar para otro lado mientras el monte se convierte en yesca y las ramblas en trampas. Porque la pregunta no es si volverá a pasar, sino cuándo y dónde pasará. Y, cuando pase, volveremos a escuchar anuncios para mitigar futuros desastres que pudiran repetirse. Y volverá a llover sobre mojado.
